Sin aliento

Pocos días han sido tan peculiares como el jueves pasado. El cansancio que me impedía moverme de la cama en toda la mañana, sólo me dejó un rato para ir al baño, despabilarme y agarrar la libreta y la lapicera. Y escribir.

Me tuve que esforzar por hacer coherentes algunos pensamientos con mi torpe caligrafía. Toda en mayúscula, claro. El esfuerzo, creo que se debía a que había pasado mucho tiempo desde que me ponía a escribir por necesidad. Apenas podía mantener mi casa ordenada y ahora me había encaprichado en encauzar mis pensamientos. Sonaba mucho más fácil si lo dejaba para el viernes, luego de tomar un buen vino caliente y así dejar que la espontaneidad hiciera lo suyo. Las mayúsculas, creo, eran por no gritar y porque sostenía mi letra como podía, teniendo que aguantar preferentemente mi propia sensatez.

Aún así no entendía lo que estaba escribiendo.

Desvariaba en partes sobre nubes y cielos como los dibujos de tizas sobre el pizarrón, garabatos que coagulaban las superficies formando piezas, cortes. Lo cierto es que no era yo, bueno, sí lo era. Mis escritos, así como mi letra, tambaleaban entre cursilerías idiomáticas y malabarismos injustificables que nadie llegará a leer y así fue como terminé escribiendo tu nombre. Abrí los ojos bien grandes cuando me di cuenta y no entendía o no sabía si debía entender que sí, te estaba evocando a vos. Era tan obvio que iba a llegar a vos.

Dos versos antes, en una estrofa de pie quebrado muy poco lúcida, había mencionado la abstracción animal, concepto que inventé y sólo había compartido con vos. En otra estrofa previa, sin rima ni medición clara, repetía una frase de la película francesa que vimos el sábado después de conocernos.

Aquel sábado que, para mi no tendría rival con ningún otro día, yo me caía de sueño y vos me planteabas la dicotomía moral de los personajes. Que Michel era un ladrón tan anarco como amoral y Patricia creía que el mundo tenía mucho para darle. Que en nosotros los roles estaban intercambiados. Yo quería dejar clara mi posición, Patricia estaba enamorada por una simple e inexplicable razón: el chico malo.

Vos eras la chica mala de mi película.

Esa increíble habilidad humana de saber cosas sin hacerlas consciente. De recordar un aroma por una canción, o declarar que un día de la semana no tiene rival con ningún otro día aunque me faltara vivir muchos días con vos, con otras personas. Con la mezcla de nuevos y menos agraciados recuerdos de vos. Yo lo sabía ese día y lo supe hasta el final, aunque fuera el final.

Yo no puedo dejar de quedar en evidencia ante la memoria y, como muy pocas veces, por no estar acostumbrado a no ser tibio, ese sábado caí en una exageración. Sabía que no iba a poder impedir que te burlaras de mi pequeño ataque de pomposidad pero, al final, fuiste más amable que de lo común.

Ahora me doy cuenta de eso.

Y ahora te había implicado de nuevo en mis escritos como antes. Y presumí de mi buena conducta. No haberte vuelto a llamar como hice dos días después de habernos separado era definitivamente un triunfo para mi espíritu y contradecía todo lo que era por esencia.

Aunque al final de la película, Patricia denuncia a Michel porque lo quiere alejar de ella -quizá porque decide cuidar de los dos de la forma más cruda posible- en ciertas tramas el amor te hace hacer cosas estúpidas pero coherentes.

Yo no creo haber tenido esa última opción y me hice el chico malo de la película.

La (in)necesidad

El silencio no necesita una ausencia, 
Un susurro no necesita una palabra, 
  Como un orgasmo no necesita una boca abierta. 

La curva necesita que se deslicen, 
Un delirio necesita que se disfrute, 
  Como un deseo necesita escurrirse en una cama. 

El abismo necesita un paso al frente, 
Un tacto necesita del suspenso, 
  Como la puerta necesita que crucen sin permiso. 

La sonrisa necesita una sorpresa, 
Un desahogo necesita un refugio, 
  Como un cuerpo necesita un exilio ensimismado.